Cuando el Diario Oficial de la Federación publicó, el 20 de mayo, la incorporación de cuatro municipios de Guanajuato a la Denominación de Origen Mezcal, reflexioné la noticia con la cabeza y la maticé con el corazón. Con la cabeza, porque la denominación es un escudo: protege un nombre, ordena un mercado, abre exportaciones y, bien aplicada, defiende al productor pequeño frente a la imitación. Con el corazón, porque llevo más de dos décadas como sommelier y productora de mezcal, y sé que ningún decreto destila por nosotros. El mezcal no es una etiqueta: es un tiempo. Es el maguey silvestre —el Tepeztate, el Tobalá, el Tobasiche— que pueden tardar más de veinte años en estar listos para el horno. Es la mujer zapoteca que conoce cada agave de su ladera por su nombre. Es el palenquero que mide el corazón del destilado con…