Por Lorena Carreño
La Secretaría de Turismo federal confirmó este mes la cifra que ya intuíamos quienes recorremos con frecuencia las rutas del vino bajacalifornianas: 850.000 personas visitan al año estas zonas vitivinícolas, una concentración que coloca al destino entre los más dinámicos del país. La tarifa promedio de hospedaje alcanzó su nivel más alto en cuatro años con 239 dólares, mientras la estancia promedio se mantiene en 1,8 noches y la ventana de reserva crece a 42 días. Son datos que hablan de madurez del mercado, pero también de un punto de inflexión.
El gobierno estatal anunció una inyección de 4,5 millones de pesos para rehabilitar 2.800 metros cuadrados de carpeta asfáltica en el Valle, más una liberación adicional de 7,5 millones para ampliar la pavimentación, eso está muy bien. Se proyecta, además, la construcción del hotel Sassi del Valle, sobre 900 hectáreas y con un costo de 82 millones de dólares, así como del hotel Chablé, cuya inversión será de 1.500 millones de pesos y generará más de 3.000 empleos. La gobernadora Marina del Pilar Ávila Olmeda promulgó la Ley para la Protección y Fomento de la Industria Vitivinícola de Baja California, e impulsó la creación del Consejo Estatal Vitivinícola y un estímulo fiscal del 100% en el impuesto estatal a las empresas productoras de vino.
Aplaudo cada uno de estos pasos. Pero, como sommelier y como mexicana que he hablado del vino durante varios ańos me permito una salvedad: ningún hotel cinco estrellas levanta un terroir. El Valle requiere algo más que carreteras y resorts. Necesita laboratorios de enología accesibles a los pequeños productores, agua —ese problema invisible que erosiona las cosechas año tras año— y, sobre todo, una política consistente de protección al viticultor artesanal, no sólo a la gran inversión. Si las más de 280 marcas vinícolas y empresas enoturísticas que conforman Emprendedores del Valle de Guadalupe son el alma del destino, son ellas las que deben recibir el estímulo más decidido.
Brindemos por la inversión, por supuesto. Pero pidamos también que el vino mexicano siga oliendo a campo, no a concreto.
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