Por Lorena Carreño
Hay una paradoja elegante en las cifras que la OIV publicó este mayo. El mundo bebe menos vino —el consumo cayó a 208 millones de hectolitros, su nivel más bajo en décadas— y, sin embargo, descorcha más espumoso que nunca. Mientras las categorías tradicionales pierden volumen, las burbujas crecen a un ritmo cercano al 5% anual y ya rozan el 8% de todo el vino que se produce en el planeta. No es una moda pasajera: es un cambio de hábito. El espumoso dejó de ser exclusivo de la celebración para instalarse en el aperitivo, en la mesa cotidiana, en el cóctel.
Y aquí es donde México debería prestar atención. Llevamos años contando la historia de nuestro vino a través del tinto robusto de Baja California, y con razón. Pero la conversación global se mueve hacia la frescura, la acidez y la ligereza, justamente el terreno donde Querétaro y Guanajuato han trabajado con seriedad durante décadas. Nuestro país ya exporta espumoso de Método Tradicional a Estados Unidos, Asia y Europa; tenemos altitud, noches frías, suelos calcáreos y uvas como Macabeo, Xarel·lo, Parellada y Chardonnay esperando su momento.
La tentación será celebrar la tendencia sin actuar, y sería un error. El consumidor que hoy busca un Brut Nature accesible y bien hecho no distingue fronteras: distingue calidad y precio. Si las casas mexicanas afinan su narrativa —terruño, altura, identidad— y sostienen estándares, las burbujas pueden ser la puerta de entrada de una nueva generación al vino nacional.
El vino del mundo se contrae. El espumoso se expande. México tiene viñedo, oficio y relato para colocarse del lado correcto de la gráfica. La pregunta no es si la ola llegará, sino si estaremos listos para subirnos a ella.
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