Por Lorena Carreño
A unas horas de que el Estadio Azteca —hoy Estadio Ciudad de México— abra por tercera vez en su historia una Copa del Mundo, y el país ensaya su porra para el México–Sudáfrica del 11 de junio, yo, que vivo entre catas y palenques, no puedo pensar la fiesta sino en mi idioma: el del agave. Si tuviera que mandar un once a esa cancha esta es mi alineación titular.
Bajo los tres palos, el Espadín: el portero confiable, base de casi todo lo que se destila, siempre presente, nunca falla. En la defensa, una línea karwinskii: Cuishe y Madre Cuishe como centrales —estructurados, de carácter herbal y a petricor—, Tobasiche y Coyote por las bandas, amaderados y veloces.
El mediocampo lo dirige el capitán: Ensamble, el blend que reúne las virtudes de varios magueyes en una sola jugada y entiende que el equipo es más que la suma de sus partes. A su lado, el Tepeztate, el veterano que tarda décadas en madurar sobre los riscos pero que, cuando toca el balón, define con una intensidad mineral imposible de marcar, y Lumbre, puro motor: brasa que no deja de correr, adrenalina pura.
Arriba, el tridente del espectáculo: Tobalá, el diez elegante, pequeño y silvestre, rey de la gambeta fina; y el Jabalí de delantero, indomable, con carácter, ese que revienta tinas de fermentación y del que nadie sabe por dónde saldrá; y como nueve, un mezcal de Pechuga, el destilado de fiesta, el que aparece en las grandes ocasiones para cerrar con gol ceremonial.
En la banca, dos revulsivos: Naran para mixología ideal para combinarse con amargos o dulces y el Bocanada, el hípster que marca un estilo, ambos listos para cambiar el partido cuando el marcador lo pida.
Que el mundo venga a la cancha del Azteca. Pero que, al bajar de las gradas, descubra que México también juega —y gana— en la copa de destilados. Esa es mi verdadera selección nacional: once magueyes, una sola bandera con la cultura líquida de México lista para los paladares más exquisitos.



