El sector vitivinícola global cerró 2025 en uno de sus momentos más frágiles en seis décadas, pero una categoría se mueve a contracorriente: el vino espumoso. Según el balance anual de la Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV), la producción mundial se situó en 227 millones de hectolitros, apenas un 0,6% por encima del mínimo histórico de 2024, mientras el consumo retrocedió un 2,7% hasta los 208 millones de hectolitros y la superficie de viñedo cayó por sexto año consecutivo, hasta los 7 millones de hectáreas. Las exportaciones perdieron un 4,7 % en volumen y un 6,7 % en valor —33.800 millones de euros—, presionadas por los aranceles y una demanda débil.
En ese paisaje de contracción, las burbujas brillan. El espumoso representa hoy algo menos del 8% del vino producido en el mundo, con cerca de 2,500 millones de botellas anuales y un crecimiento del 56% en las últimas dos décadas. Las proyecciones de mercado anticipan una expansión media del 4,8% anual hasta 2032, impulsada por el consumo cotidiano —ya no solo festivo—, el auge del aperitivo, la venta en línea y la gama alta. La tendencia abarca Champagne, Cava, Crémant, Prosecco y el creciente universo del Método Clásico.
Estados Unidos sigue como principal importador por valor, aunque sus compras cayeron un 12%, hasta 5.500 millones de euros, por la política arancelaria. El director general de la OIV, John Barker, subrayó que la industria lleva años adaptándose a presiones climáticas, económicas y sociales, y que nuevos acuerdos comerciales podrían reactivar los mercados en expansión. En un mundo que bebe menos, quien apueste por la frescura y la burbuja juega del lado correcto de la curva.
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