Por Lorena Carreño
Hay una cifra que esta semana debería hacernos pensar a quienes vivimos del vino. Según Liv-ex, la plataforma londinense de vino de alta gama, desde 2010 el valor comercial de los vinos blancos ha crecido un 650%; el de los espumosos, un 1.100%, mientras que el comercio de vino tinto se sitúa alrededor de un 15% por debajo de su nivel de 2025. No es una moda pasajera: es un cambio de paradigma.
¿La razón? Una parte mayor de los compradores busca vinos para consumir antes y no tanto para guardar durante años, y esa tendencia favorece a los blancos, que suelen estar listos para beber antes que los tintos. No es casual que el Salón Peñín que se celebra mañana en la Ciudad de México haya elegido como país invitado a los Vinhos Verdes portugueses, embajadores mundiales de la frescura.
Lo digo como sommelier y como mexicana: este giro nos favorece. Nuestro clima, nuestra mesa y nuestro paladar piden blancos. Una tostada de aguacate, un aguachile, un pescado a la talla o un buen ceviche no buscan un tinto robusto: piden acidez, salinidad, fruta tensa. México lleva años produciendo blancos notables —Chenin Blanc, Sauvignon Blanc, Viognier, Chardonnay— que por fin encuentran un mercado que los entiende.
El reto es de relato. Durante décadas vendimos estatus en clave de tinto reserva; ahora toca contar la historia del blanco como vino de placer cotidiano y de alta cocina, no como hermano menor. Y aquí los destilados de agave nos enseñaron una lección: cuando un producto fresco y de origen se cuenta bien, el mundo lo adopta.
No se trata de enterrar al tinto —seguirá siendo grande— sino de dejar de tratar a los blancos como su sombra. Si el mercado global premia la frescura, México tiene clima, despensa y oficio para liderarla. Solo falta servirla con orgullo.
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