El 31 de mayo cierra el plazo para enviar abstracts al 47º Congreso Mundial de la Viña y el Vino de la OIV, que del 12 al 16 de octubre de 2026 se celebrará en Yinchuan, Ningxia, junto con la 24ª Asamblea General de la OIV. Es la primera vez que el congreso más importante del sector vitivinícola se realiza en China —el país que se incorporó oficialmente a la OIV en 2024, siendo el miembro más reciente y el primero en sumarse en el segundo siglo de vida de la organización— y el gesto es geopolítico antes que protocolario. El centro de gravedad de la copa se mueve. Y México debería estar ahí.
Lo digo después de años recorriendo ferias internacionales con el mezcal y observando cómo se redibujan los grandes debates del vino. Ningxia, con la tercera mayor superficie de viñedo del mundo y el 43% de la producción global de uva de mesa, no es ya una curiosidad asiática: es un interlocutor de primer orden. No por casualidad, el Concours Mondial de Bruxelles 2025 también eligió esa región como sede. Si la conversación sobre sostenibilidad, adaptación climática, modelos legales y consumo responsable se está mudando al oriente, México no puede llegar solo de espectador.
Los cuatro ejes del congreso —viticultura resiliente y sostenible, innovación enológica, economía y derecho, y salud y sostenibilidad social— interpelan directamente al campo mexicano. Viticultura resiliente: hablamos de un país con estrés hídrico, viñedos en altura y suelos diversos. Innovación enológica: tenemos enólogos jóvenes haciendo Nebbiolo, Tempranillo y cortes bordeleses con identidad propia. Economía y derecho: discutimos cada semana denominaciones de origen, comercio justo y trazabilidad. Salud y sostenibilidad social: trabajamos con comunidades rurales que sostienen tanto la vid como el maguey.
Hago un llamado a investigadores, enólogos y productores mexicanos: aún hay tiempo para enviar resúmenes. La presencia importa. En las mesas donde se redibujan los paradigmas, callar es ceder.
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