Por Lorena Carreño
Los 208 millones de hectolitros que el mundo bebió en 2025 —un 2,7% menos que el año anterior, según el último informe de la OIV— se leyeron en muchos titulares como una sentencia. Prefiero leerlos como una pregunta.
Cuando una bebida con más de diez mil años de historia humana —como recordó el director general de la OIV, John Barker, en Vinitaly— deja de crecer en volumen, no muere: cambia de conversación. La caída se concentra en los mercados maduros y en el consumo de gran volumen, ese que mide el éxito en litros y descuenta el alma. Lo que no se contrae es el deseo de beber con sentido.
Lo veo cada semana frente a una copa. La gente pide menos, pero pregunta más: de qué ladera viene esta uva, quién la vendimió, por qué este Tempranillo sabe a la altitud de su pueblo. Esa curiosidad no es nostalgia; es el nuevo lujo. Y es, además, el terreno donde América Latina juega con ventaja.
El vino mexicano no crece vendiendo litros baratos: crece contando origen, paisaje y oficio. Lo mismo ocurrió con nuestros destilados de agave, que conquistaron el mundo no por cantidad sino por relato, comunidad y terroir. Mientras Europa desploma exportaciones por aranceles y costos, nosotros tenemos algo que el mercado global vuelve a valorar: autenticidad con nombre y apellido.
Por eso la cifra de la OIV no me alarma. Un sector que encadena tres vendimias cortas y aún así sostiene el equilibrio está aprendiendo a ajustar la oferta a un consumidor más exigente y más sobrio. El reto ya no es producir más, sino merecer cada copa. Beber menos y beber mejor no es una crisis: es una madurez. Y en ella, el vino —y el agave— que sepan defender su raíz no solo sobrevivirán. Liderarán.
You may also like these posts:
227 millones de hectolitros: la OIV confirma la tercera cosecha mundial consecutiva por debajo de la media
