Por Lorena Carreño
Cada vez que la OIV publica su balance anual, los que vivimos de servir, vender y narrar vino respiramos hondo. La edición de 2026 no es la excepción: 208 millones de hectolitros consumidos en 2025, el piso más bajo desde 1957. La tentación inmediata es leer la cifra como una sentencia generacional, atribuirle todo a una juventud «que ya no bebe». Conviene resistirla. Los datos cuentan otra historia.
La encuesta Bevtrac de IWSR, publicada en 2025, registró que el 73 % de los adultos en edad legal de la Generación Z declaró haber consumido alcohol en los últimos seis meses, frente al 66 % de dos años antes. Es decir: beben, y un poco más que antes. Lo que no están bebiendo es vino. La diferencia no es menor, porque desplaza el diagnóstico desde la «moderación» hacia la pertinencia. El vino no está perdiendo contra el agua mineral; está perdiendo contra otras categorías que aprendieron a hablarle al consumidor joven con formato, precio y narrativa.
El estudio de Alimarket presentado en Barcelona Wine Week 2026 lo dimensiona con precisión: el 30,5 % de los consumidores españoles de entre 18 y 29 años probó vinos de baja o nula graduación en el último año, y un 15,3 % ya los incorpora a su compra habitual. Latas, mini-botellas, espumosos secos, rosados frescos. No es frivolidad de mercado, es relectura de ocasión.
México llega a esta conversación con una ventaja que no debemos desperdiciar. Nuestro consumidor de vino se está formando ahora; Valle de Guadalupe es joven, Parras es venerable pero pequeño, Querétaro y Guanajuato están escribiendo capítulos. Tenemos espacio para construir una relación con el vino que no copie los vicios de los mercados maduros: menos protocolo, más mesa; menos puntaje, más territorio; menos litro, más copa bien servida.
La buena noticia es que el público joven mexicano sí responde cuando se le habla de origen, de cepa, de oficio. Lo veo cada semana en catas y maridajes. Le sobra curiosidad. Lo que no le sobra es paciencia para el lenguaje engolado. Ese, y no el alcohol, es el verdadero enemigo del relevo.
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